LA APUESTA DE PASCAL

Pascal

Hé aquí uno de los argumentos más burdos de los muchos que se han planteado con el fin de apoyar la creencia en la existencia de eso que se suele llamar DIOS. La apuesta de Pascal, razonamiento así denominado por el filósofo francés Blaise Pascal (1623-1662), pretende reducir el problema de la creencia o no en la existencia de Dios a un juego de apuestas, a partir del cual se concluye que la creencia en Dios reportaría una ganancia infinitamente mayor que la no creencia. Este razonamiento podría exponerse en los siguientes términos :

1 – Dios existe o Dios no existe.

2 – Si creo en Dios y Dios existe, entonces pierdo los placeres terrenales pero gano la salvación eterna (pérdida finita, ganancia infinita).

3 – Si creo en Dios y Dios no existe, pierdo los placeres terrenales y no gano nada (pérdida finita solamente).

4 – Si no creo en Dios y Dios existe, gano los placeres terrenales y pierdo la salvación eterna (ganancia finita, pérdida infinita).

5 – Si no creo en Dios y Dios no existe, gano los placeres terrenales y nada más (ganancia finita solamente).

De este planteo surge claramente que el premio mayor (ganancia infinita) estaría reservado para aquellos que sí creen en la existencia de Dios, y el mayor riesgo (pérdida infinita) para aquellos que no creen, por lo que apostar a la existencia de Dios sería la postura más ventajosa, pero el problema con la validez de este razonamiento es que parte de premisas falsas, o cuando menos indemostrables, como es suponer que esa entidad a la que se llama Dios respondería efectivamente al concepto tradicional que de ella presenta del dogma judeo-cristiano, es decir, una deidad lo suficientemente egótica y necia como para condenar a los no creyentes a la aniquilación eterna por el solo hecho de no rendirle culto – en este punto estaríamos hablando de una deidad tan caprichosa y rencorosa como cualquiera de las deidades imaginadas por otras culturas no iluminadas por los supuestamente eminentes valores de la religión judeo-cristiana.

Igualmente falsa, o indemostrable, es la premisa que asume que los seres humanos tenemos realmente la posibilidad de continuar existiendo con posterioridad a nuestra muerte en un plano inmaterial o espiritual, o dicho de otro modo que estamos dotados de un “alma”. Y evidentemente falsa és también la premisa que reconoce a priori la validez de la moralidad judeo-cristiana, presuponiendo además que los no creyentes son personas generalmente inclinadas a gozar de los “placeres terrenales”, y por tanto a los excesos, vicios o comportamientos pecaminosos, e incapaces en consecuencia de manifestar conductas morales dignas de merecer el favor de esa divinidad cuya existencia se niegan a reconocer, lo cual se debe obviamente a que Blaise Pascal no tuvo la claridad de pensamiento suficiente como para distanciarse de los prejuicios de su época.

Otro de los problemas fundamentales de este razonamiento, y quizás uno de los más importantes, ya que refleja a mi entender la razón por la que tantas personas deciden creen en la existencia de Dios, es su planteo en términos de conveniencia. Para empezar, no parece razonable o lógicamente válido optar por creer en la existencia de algo sólo porque nos parece conveniente, pero además, si asumimos que esa entidad llamada Dios es tal como el dogma judeo-cirstiano y el mismo Pascal suponen, entonces difícilmente podríamos admitir que pudiese considerar aceptable que una persona creyese en su existencia con base en la expectativa de obtener un premio o recompensa, o bien por simple temor a perder la oportunidad de ganar eso que se denomina “salvación eterna”. Tamaña hipocresía no debería merecer recompensa alguna de parte de una entidad divina que se supone valora por sobre todo la fe por la fe misma – en otras palabras la fe ciega.

En conclusión, la famosa APUESTA DE PASCAL, que todavía es sacada a relucir por quienes pretenden defender la validez de las creencias religiosas, no es otra cosa que un ejercicio intelectual tan absurdo como estúpido, dado que cae tanto por su evidente falsedad lógica como por la fuerza misma de los argumentos sobre los que aspira a apoyarse.

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