ADULTOS

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Soy adulto, y como tal entiendo que mi primera obligación es ser una persona racional y emocionalmente inteligente, o cuando menos una pesona sensata, mesurada, razonable y responsable, lo cual significa que las conductas irreflexivas, impulsivas, sencillamente no son admisibles. Y soy muy severo a este respecto, porque entiendo también que cualquier situación o circunstancia que pudiera explicar una conducta irracional de mi parte, de las que por cierto no me hallo exento por el simple hecho de que soy aún humano, de ningún modo podrá justificarla : mi deber es pensar, reflexionar, y luego actuar en consecuencia.

Es verdad que en el mundo hay todo tipo de personas cuyas conductas distan bastante de ajustarse a los parámetros que he mencionado. Ya sea por las circunstancias en que crecieron, carencias afectivas y educativas, se comportan de manera irreflexiva, caprichosamente, como niños, títeres de emociones que son totalmente incapaces de procesar racionalmente. Lo entiendo, pero no lo justifico. Debemos siempre apuntar a superarnos, a ser mejores, más ecuánimes y temperados en nuestras acciones, porque no estamos solos y nuestras acciones ineludiblemente repercutirán de un modo u otro en aquellas personas que nos rodean, se encuentren o no vinculadas directamente con nuestras vidas.

Ser adulto signfica, antes que nada, tener la capacidad de sopesar opciones, medir de antemano todas sus posibles consecuencias, tanto respecto de nosotros mismos como de los demás, y luego decidir responsablemente el curso a seguir. Y ello implica otra obligación, que es la de tener perfectamente claro qué queremos para nuestras vidas y a qué estamos dispuestos a renunciar a cambio, porque en la vida nada es gratis, ni podemos tenerlo todo. Desear algo implicará siempre estar predispuestos a descartar o desechar todo cuanto pueda resultar natural o culturalmente incompatible con aquello que deseamos. En otras palabras, asumir a priori todas y cada una de las consecuencias que irremisiblemente conllevará el cumplimiento de nuestro deseo, porque difícilmente podremos escapar a ellas.

En definitiva, ser adulto es básicamente una actitud, una forma de afrontar y asimilar las realidades que circundan nuestras vidas, de tomar decisiones, de resolver o conciliar nuestros conflictos emocionales, de ser coherentes con nosotros mismos.

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LA APUESTA DE PASCAL

Pascal

Hé aquí uno de los argumentos más burdos de los muchos que se han planteado con el fin de apoyar la creencia en la existencia de eso que se suele llamar DIOS. La apuesta de Pascal, razonamiento así denominado por el filósofo francés Blaise Pascal (1623-1662), pretende reducir el problema de la creencia o no en la existencia de Dios a un juego de apuestas, a partir del cual se concluye que la creencia en Dios reportaría una ganancia infinitamente mayor que la no creencia. Este razonamiento podría exponerse en los siguientes términos :

1 – Dios existe o Dios no existe.

2 – Si creo en Dios y Dios existe, entonces pierdo los placeres terrenales pero gano la salvación eterna (pérdida finita, ganancia infinita).

3 – Si creo en Dios y Dios no existe, pierdo los placeres terrenales y no gano nada (pérdida finita solamente).

4 – Si no creo en Dios y Dios existe, gano los placeres terrenales y pierdo la salvación eterna (ganancia finita, pérdida infinita).

5 – Si no creo en Dios y Dios no existe, gano los placeres terrenales y nada más (ganancia finita solamente).

De este planteo surge claramente que el premio mayor (ganancia infinita) estaría reservado para aquellos que sí creen en la existencia de Dios, y el mayor riesgo (pérdida infinita) para aquellos que no creen, por lo que apostar a la existencia de Dios sería la postura más ventajosa, pero el problema con la validez de este razonamiento es que parte de premisas falsas, o cuando menos indemostrables, como es suponer que esa entidad a la que se llama Dios respondería efectivamente al concepto tradicional que de ella presenta del dogma judeo-cristiano, es decir, una deidad lo suficientemente egótica y necia como para condenar a los no creyentes a la aniquilación eterna por el solo hecho de no rendirle culto – en este punto estaríamos hablando de una deidad tan caprichosa y rencorosa como cualquiera de las deidades imaginadas por otras culturas no iluminadas por los supuestamente eminentes valores de la religión judeo-cristiana.

Igualmente falsa, o indemostrable, es la premisa que asume que los seres humanos tenemos realmente la posibilidad de continuar existiendo con posterioridad a nuestra muerte en un plano inmaterial o espiritual, o dicho de otro modo que estamos dotados de un “alma”. Y evidentemente falsa és también la premisa que reconoce a priori la validez de la moralidad judeo-cristiana, presuponiendo además que los no creyentes son personas generalmente inclinadas a gozar de los “placeres terrenales”, y por tanto a los excesos, vicios o comportamientos pecaminosos, e incapaces en consecuencia de manifestar conductas morales dignas de merecer el favor de esa divinidad cuya existencia se niegan a reconocer, lo cual se debe obviamente a que Blaise Pascal no tuvo la claridad de pensamiento suficiente como para distanciarse de los prejuicios de su época.

Otro de los problemas fundamentales de este razonamiento, y quizás uno de los más importantes, ya que refleja a mi entender la razón por la que tantas personas deciden creen en la existencia de Dios, es su planteo en términos de conveniencia. Para empezar, no parece razonable o lógicamente válido optar por creer en la existencia de algo sólo porque nos parece conveniente, pero además, si asumimos que esa entidad llamada Dios es tal como el dogma judeo-cirstiano y el mismo Pascal suponen, entonces difícilmente podríamos admitir que pudiese considerar aceptable que una persona creyese en su existencia con base en la expectativa de obtener un premio o recompensa, o bien por simple temor a perder la oportunidad de ganar eso que se denomina “salvación eterna”. Tamaña hipocresía no debería merecer recompensa alguna de parte de una entidad divina que se supone valora por sobre todo la fe por la fe misma – en otras palabras la fe ciega.

En conclusión, la famosa APUESTA DE PASCAL, que todavía es sacada a relucir por quienes pretenden defender la validez de las creencias religiosas, no es otra cosa que un ejercicio intelectual tan absurdo como estúpido, dado que cae tanto por su evidente falsedad lógica como por la fuerza misma de los argumentos sobre los que aspira a apoyarse.

LA APUESTA DE PASCAL

DERECHO A LA VIDA ?

A partir de esta costumbre que he adquirido de observar como desde afuera diversos aspectos de la conducta humana, y obviamente reflexionar sobre ellos, he llegado a concluir que no pocas de nuestras costumbres y tradiciones resultan patéticamente graciosas, o cuando menos curiosas, pero no muchas alcanzan un grado tal de sinsentido como la recurrente invocación del famoso “derecho a la vida”, que suele ser presentado como un derecho natural y ha sido colocado en primer lugar entre los llamados “derechos humanos”, aunque de acuerdo con las proclamas de algunas organizaciones pro-vida debería ser reconocido como un derecho inherente a prácticamente todos los seres vivientes.

Permitanme decir, en primer lugar, que en la naturaleza no existe ningún “derecho” a la vida. Para empezar, resulta perfectamente claro que todos los seres vivos estamos expuestos y destinados a morir de un modo u otro y en cualquier momento desde el instante mismo de nuestra llegada al mundo. La muerte, en cualquiera de sus formas, forma parte por tanto del orden natural, y asumo que no tendrán inconveniente alguno en reconocer que no hay nada más opuesto a la vida que la muerte. De ello se desprende que en el mundo natural ningún ser viviente tiene su vida asegurada. En consecuencia, el tan mentado “derecho a la vida” no es de ningún modo un derecho natural. Por el contrario, en el ámbito de la naturaleza la vida es simplemente UN HECHO, no un derecho. 

De qué estamos hablando entonces cuando sacamos a relucir ésto del “derecho a la vida” ?. Estamos hablando de una ficción que los seres humanos llegamos a desarrollar con el fin de inhibir conductas que se oponen o dificultarían enormemente nuestra convivencia social, básicamente las reacciones instintivas o impulsivas que podrían llevarnos a matarnos unos a otros indiscriminadamente. Este término – indiscriminadamente – es bien importante, porque ni siquiera en su carácter de mera ficción el “derecho a la vida” ha sido reconocido siempre como un derecho general o universal del ser humano. De hecho, en la antigüedad era un derecho reconocido tan sólo entre iguales. La vida de las personas que ocupaban un rango social inferior o resultaban extrañas a una comunidad determinada, en los casos más extremos los escalvos y los enemigos, no era valorada a menudo en lo más mínimo. En muchas culturas primitivas era común incluso que los forasteros, aún sin ser considerados hostiles, no gozasen de protección alguna en cuanto refiere a la salvaguarda de sus vidas y posesiones, razón por la cual, a medida que los contactos e intercambios entre ciudades y naciones fueron haciéndose más comunes, en particular merced al comercio, debieron instrumentarse mecanismos de protección para los extranjeros, como era el caso de las normas que regulaban la hospitalidad y que en algunas culturas revestían un carácter religioso sacramental, al punto de que atentar contra la vida o los bienes de un extraño que había sido previamente acogido por un particular o una comunidad podía constituir una gravísima ofensa a los dioses. Y aún entre iguales el “derecho a la vida” tampoco ha resultado jamás absoluto, ya que durante la mayor parte de nuestra historia los representantes del poder político y religioso han ostentado, como lo hacen todavía en muchas culturas, la potestad de dictaminar la ejecución de las personas con los pretextos más variados, y ni que hablar de las situaciones de guerra, cuya premisa básica no es otra que la aniquilación de los combatientes enemigos y la aceptación de la muerte de los combatientes propios como un sacrificio honorable en aras del bienestar o beneficio de la comunidad o nación a la que pertenecen.

Lo previamente expuesto demuestra que aún como ficción ampliamente aceptada el tan mentado “derecho a la vida” es uno de los primeros que los seres humanos nos permitimos transgredir y sujetar habitualmente a múltiples excepciones. El instinto de aniquilar a aquellos que son distintos u opuestos a nosotros, sobre todo cuando los visualizamos como una amenaza para nuestra integridad o seguridad, para los valores que pretendemos sostener o para nuestra simple conveniencia, nos lleva a desear y reclamar a menudo abiertamente su muerte. Las conductas intencionalmente asesinas, si bien no son un rasgo privativo del animal humano, constituyen sin embargo uno de los más comunes y característicos de nuestra especie. Por tanto, aunque desde luego no pretendo en modo alguno restar valor al principio que consagra nuestro supuesto derecho a la vida – sin el cual retornaríamos irremisiblemente a la ley de la selva –, sí creo que deberíamos ser más reflexivos antes de invocarlo con el propósito de sostener determinadas posturas, como es el caso de aquellos que lo invocan para oponerse a las leyes que consagran el derecho al aborto, la aplicación de la pena capital a criminales especialmente peligrosos o sanguinarios, o el derecho de una persona a decidir su propia muerte ante una enfermedad irremediablemente dolorosa o degradante.

Y sobre todo, a efectos de no perder la perspectiva en nuestro diario vivir, conviene recordar lo ya dicho : la vida en sí misma, como fenómeno natural, no es otra cosa que un HECHO, NO UN DERECHO, y por tanto no tenemos absolutamente nada asegurado o que podamos reclamar como prerrogativa o pertenencia verdaderamente incuestionables.

DERECHO A LA VIDA ?

POR QUE A MI ?

He aquí una de las preguntas más tontas que un ser humano pueda llegar a plantearse jamás, y al mismo tiempo una de las más frecuentemente repetidas toda vez que nos toca enfrentar alguna circunstancia adversa : por qué a mi ?. O en su versión extendida : por qué tiene que pasarme ésto a mí ?. O bien la igualmente recurrente : qué he hecho yo para merecer ésto ?. En cualquiera de sus formas, estoy plenamente seguro de que coincidirán fácilmente conmigo en reconocer que se trata de una pregunta universal – o debería decir global, porque nada sabemos acerca de los patrones de pensamiento de otras especies pretendidamente inteligentes fuera del planeta Tierra. Es una pregunta que ha trascendido absolutamente todas las posibles diferencias culturales humanas y que nos ha acompañado a traves de toda nuestra historia como especie – me atrevo casi a suponer que pudo haber sido incluso una de las primeras preguntas que los seres humanos fuimos capaces de pensar y vocalizar, lo cual me lleva a concluir que expresa una inquietud tan propia de la naturaleza y psicología humanas como el rechazo a la muerte o la tendencia a inventar dioses.

Por qué a mi ?.

Se trata además de una pregunta claramente retórica, pues suele llevar implícita la respuesta. La causa de esa cosa terrible que nos sucede – sea lo que sea – suele ser atribuída a una entidad o circunstancia distinta a nosotros mismos e interpretada a menudo como una suerte de castigo procedente ya sea de la voluntad o capricho de algún dios, el destino, el karma, e incluso la vida – ésta podría ser considerada de hecho la respuesta más próxima a la verdad si no fuera porque en este caso el término “vida” pretende usualmente referir a algo dotado de conciencia y voluntad propias en grado suficiente como para aplicarnos intencionalmente un castigo. Y ésto lo sé porque he adquirido la mala costumbre de prestar atención y analizar el comportamiento humano, empezando por mi propio comportamiento, y también porque escucho esta pregunta todo el tiempo de boca de mi madre, que lamentablemente se ha visto afectada en su vejez por una enfermedad degenerativa tan dolorosa como limitante, y a la que en vano intento cada tanto explicar que en realidad no hay nada en el universo que tenga voluntad alguna de hacerla pasar por eso. Es la vida, le digo, pero no en el sentido al que me he referido anteriormente, sino con el propósito de hacerle entender que a los seres humanos nos pasan toda suerte de cosas, buenas y malas, por el simple hecho de estar vivos.

Por qué a mi?.

Vamos a ver, les propongo el siguiente ejercicio. Imaginemos que en lugar de humanos fuésemos sardinas – podríamos tomar como ejemplo cualquier otra forma de vida con hábitos gregarios, pero las sardinas resultan especialmente ilustrativas para lo que nos interesa porque son unos bichitos relativamente insignificantes que sólo llaman la atención porque forman gigantescos cardúmenes, de manera muy similar a los seres humanos. Una sardina nace y se integra a uno de esos enormes cardúmenes o bancos de peces formados por millares de individuos. Su destino natural, si se me permite la expresión, es crecer, reproducirse y morir, o sea, básicamente el mismo que el nuestro, pero desgraciadamente son también una rica fuente de alimento para otras especies vivas (tiburones, delfines, ballenas, aves marinas, y desde luego también para nosotros, que las capturamos por toneladas con nuestras redes de pesca). Ésto es así debido precisamente al hecho de que, a pesar de ser individualmente insignificantes, al reunirse en cardúmenes se transforman en una enorme bola de comida con un alto valor alimenticio y fácilmente detectable por parte de sus predadores naturales. Irónicamente, el cardúmen constituye una forma de asociación gregaria cuyo propósito es justamente asegurar la supervivencia de la especie, porque, sin importar cuántos individuos sean devorados, su cantidad asegura que no todos correrán esa suerte y por tanto que sobrevivirán los suficientes como para dar origen a nuevas generaciones de sardinas. Es decir que, a los efectos de la continuidad de la especie, la suerte individual de las sardinas es completamente irrelevante – y en este punto cabe señalar una vez más que la similitud de la suerte de las sardinas con la nuestra resulta sumamente oportuna como ejemplo, porque está claro que a la naturaleza no le interesa en absoluto la suerte individual de uno o más seres humanos en particular, sino que lleguemos a sobrevivir en número y tiempo suficiente como para reproducirnos y preservar así la continuidad de nuestra especie (por qué algunos individuos de la especie humana y de otras especies animales manifiestan conductas sexuales que no conducen a la reproducción es una cuestión que requiere otro análisis, aunque podría explicarse como un mecanismo más de la evolución y/o selección natural). Pero qué hay de la pobre sardina que tuvo la desgracia de acabar de pronto, junto a otros miles de sardinas, en las fauces de una ballena ?. Es que esa sardina estaba predestinada a morir de esa manera o hizo algo malo en su breve existencia como para merecer semejante final a modo de castigo ?. De ninguna manera. Simplemente estaba en el lugar y momento incorrectos, o correctos desde el punto de vista de la ballena. Y lo mismo sucede con nosotros. Cuando un terremoto u otro cataclismo natural se traduce en la muerte de miles de personas, es claro que esas muertes no responden a ningún patrón selectivo. Importan relativamente poco la edad, el sexo o cualquier otra característica individual de las víctimas, al igual que cuáles hayan sido en vida sus acciones o convicciones. Otro tanto sucede cuando nos toca padecer una enfermedad, un accidente o cualquier otra desgracia personal. Simplemente nos toca afrontar unas u otras a partir de circunstancias que son inherentes a la naturaleza misma de nuestro organismo, a nuestra forma de vida o como resultado de la relación causa-efecto generada por algo que hicimos o dejamos de hacer. Y de ello se desprende que ante cualquier posible insuceso lo que deberíamos preguntarnos en realidad no es POR QUÉ A MI, sino POR QUÉ NO A MI ?. Es decir, por qué no habría de pasarme a mí cualquier cosa que pueda pasarle en cualquier momento a otra persona.

Entonces, por qué a mi ?.

La respuesta es bien simple : porque estoy vivo, porque estoy en el mundo, porque existo, y existir implica la posibilidad cierta de dejar de existir de una forma u otra en cualquier momento y todo cuanto eventualmente pueda sucedernos en el medio.

POR QUE A MI ?

ENTREVISTA CON BERTRAND RUSSELL

Bertrand Russell, 1951

Debajo una transcripción parcial de una entrevista que Bertrand Russell, sin duda una de las mentes más brillantes de todos los tiempos, concedió en el año 1959. El tenor de las preguntas, como verán, insiste en el manido asunto del pensamiento místico-religioso vs pensamiento crítico-racional  :

Pregunta : ¿ Por qué no es cristiano ?.

Russell : Porque no he visto ningún tipo de evidencia sobre los dogmas cristianos. Examiné todos los argumentos básicos a favor de la existencia de Dios y ninguno parece ser lógicamente viable.

Pregunta : ¿ Cree que hay una razón práctica para que tanta gente tenga una creencia religiosa ?.

Russell : Bueno, no podría haber una razón “práctica” para creer en algo que no es verdad. Eso hay que descartarlo de plano, es imposible. Si algo es verdad, es verdad ; si no lo es, no lo es. Si es verdad debes creerlo, y bueno, si no sabes si es verdad o no, entonces deberías posponer tu opinión. Me parece fundamentalmente deshonesto y dañino para la integridad intelectual creer en algo sólo porque te beneficia y no porque pienses que es verdad.

Pregunta : Estaba pensando en esas personas que encontraron algún tipo de código religioso que les ayuda a vivir sus vidas y que las hace vivir bajo reglas muy estrictas – lo bueno y lo malo.

Russell : Esas cosas suelen ser a menudo erradas. Muchas de ellas hacen más daño que bien, y probablemente esas personas serían capaces de encontrar una moral “racional”, a partir de la cual podrían vivir, si dejaran esa moral irracional y de tabúes que vienen de épocas primitivas.

Pregunta : Pero tal vez para nosotros, personas comunes, sería demasiado difícil encontrar una ética única y personal. Debemos tener algo ya determinado desde el exterior.

Russell : Bueno, yo no creo que eso sea verdad. Lo que te es impuesto desde el exterior no tiene ningún valor.

Pregunta : Lo criaron como cristiano, ¿ cuándo decidió que no deseaba seguir la creencia cristiana ?.

Russell : Nunca decidí que ya no deseaba seguir siendo creyente. Entre los 15 y los 18 años pasé casi todo mi tiempo libre pensando sobre los dogmas cristianos, buscando el por qué de creer en ellos, y para cuando cumplí mis 18 años ya había descartado hasta el último de todos ellos.

Pregunta : ¿ Cree que eso le dio fuerza extra en su vida ?.

Russell : Bueno, no lo sé … ni extra ni lo contrario. Emprendí la búsqueda del conocimiento.

Pregunta : A medida que se acerca al fin de su vida, ¿ teme que haya una vida después de ésta ?.

Russell : No creo que la haya. Son tonterías. No, no hay ninguna vida después de ésta.

Pregunta : ¿ Tiene miedo a algo que es común entre ateos y agnósticos, que es convertirse a alguna religión justo antes de morir ?.

Russell : Mire, eso no pasa tan seguido como la gente piensa. Los religiosos creen que es virtuoso mentir sobre lo que dicen los agnósticos y los ateos en su lecho de muerte, pero eso no pasa seguido para nada.

Efectivamente, eso de que una persona que ha llegado a ver iluminado su pensamiento por la razón y la lógica decida renunciar a ello en los últimos instantes de su vida es más bien un mito que otra cosa, porque el miedo a la muerte no tiene lugar en una mente racional.

ENTREVISTA CON BERTRAND RUSSELL