EL MUNDO DE LUTO

Mundo Luto

Una vez más hemos de lamentar las espantosas e irreparables consecuencias de nuestra ignorancia y barbarie. Los atentados cometidos este viernes por extremistas islámicos en París han puesto nuevamente en evidencia una muy triste realidad: los seres humanos continuamos siendo una especie absolutamente brutal, capaces de involucionar y desatar en un instante una furia espeluznantemente sanguinaria por apenas algo más que un quítame allá esas pajas. Y por eso, más que por las víctimas de esta particular salvajada, que se suman a las incontables víctimas que a lo largo de toda nuestra historia han muerto o sido marcadas de por vida por actos similares, el mundo debe cubrirse de luto.

Los militantes del fundamentalismo radical islámico, al igual que los de cualquier otra forma de fundamentalismo radical, no son más que un hato patético de ilusos, tontos de capirote, ignorantes, desgraciados que no han acertado a aferrarse a nada mejor que a un absurdo sistema de creencias para canalizar sus frustraciones, resentimientos e incapacidad para adaptarse al mundo y a las circunstancias en las que les ha tocado nacer y crecer. En cuanto respecta a sus líderes, cabe suponer otra cosa, porque si son lo bastante listos como para montar y coordinar una organización terrorista también han de serlo para asumir plena responsabilidad por el alcance de sus acciones : ellos sí no pueden ser considerados ni tratados más que como verdaderos criminales, bestias inhumanas, psicópatas que usan el argumento ridículo de la fe para captar adeptos, para regodearse con la ilusión de que son importantes y poderosos, dementes que pretenden disponer a su capricho de las vidas de otros porque no han sido capaces de hacer nada realmente  valioso con las suyas.

Los salvajes atentados en París deberían recordarnos hasta qué punto resulta necesario y urgente que los racionalistas levantemos nuestras voces para proclamar al unísono, con renovados bríos, que NO EXISTE NI HA EXISTIDO JAMÁS NINGÚN DIOS, cualquiera sea el nombre que los creyentes quieran darle, y que el acto de creer lo contrario no es digno de respeto, tolerancia ni consideración de ninguna especie. Es un simple acto de ignorancia y estupidez, y como tal debe ser aborrecido y execrado. Y es hora de recordar al mundo cuán triste es el hecho de que a través de la historia de la humanidad tantas vidas hayan sido inmoladas en vano, sin ninguna necesidad ni posibilidad de justificación alguna, en nombre de una simple, vulgar y tonta fantasía.

Y a los líderes políticos de Occidente les digo ésto: no hay manera de erradicar el fanatismo, religioso, político o de cualquier otra naturaleza, como no sea a través de la educación, de la lucha sin cuartel contra la ignorancia y la superstición, pero también contra la injusticia, la arbitrariedad y la corrupción que se ejerce desde el poder, todo lo cual es fuente de marginación cultural y económica para innumerables personas que se ven arrastradas a la desesperación y procuran encontrar redención abrazando ideas extremas. Son todos ustedes culpables del radicalismo islámico. La sangre de las víctimas de París cae sobre sus cabezas. Para mantener una ilusión de poder y control sobre Medio Oriente, para asegurarse el acceso al petróleo y otros recursos económicos, se han convertido en cómplices, cuando no en artífices, de gobiernos totalitarios, despóticos, sanguinarios. Han levantado y sostenido tiranías inadmisibles, y cuando éstas han dejado de resultar funcionales a sus intereses las han volteado o intentado voltearlas, generando vacíos de poder que han sido llenados por un caos y una violencia igualmente bárbaras. Han sido ignorantes, torpes y ciegos por conveniencias o necesidades de momento. Han sido cínicos y mentirosos. Han sido imperdonablemente altaneros, pagados de sí mismos, corruptos y violentos. Han sido, y continúan siendo, autores de excesos abominables que han forjado el resentimiento y el odio que alimenta los actos de terrorismo en todo el mundo.

Si los ingentes recursos dedicados a la guerra, a jugar a ser importantes, a sostener la industria bélica y complacer a los mercaderes de la muerte que financian sus campañas electorales, hubiesen  sido destinados a erradicar las miserias humanas, a luchar contra el hambre y la enfermedad, a brindar a los necesitados abrigo, refugio, contención emocional y dignidad humana, a promover la educación y difundir el conocimiento, a desarrollar a nivel global alternativas de vida dignas y sustentables, no estaríamos hoy en este predicamento.

Actos como el que hoy ensombrece a la humanidad entera demuestran bien a las claras que el hecho de ser los primates con el cerebro más grande y mejor desarrollado del planeta no nos ha hecho necesariamente más inteligentes. La verdadera inteligencia procede de la razón, y la razón no admite excusas de ningún tipo para justificar la atrocidad que significa no hacer lo correcto para hacer simplemente lo que nos conviene.

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