POR QUE A MI ?

He aquí una de las preguntas más tontas que un ser humano pueda llegar a plantearse jamás, y al mismo tiempo una de las más frecuentemente repetidas toda vez que nos toca enfrentar alguna circunstancia adversa : por qué a mi ?. O en su versión extendida : por qué tiene que pasarme ésto a mí ?. O bien la igualmente recurrente : qué he hecho yo para merecer ésto ?. En cualquiera de sus formas, estoy plenamente seguro de que coincidirán fácilmente conmigo en reconocer que se trata de una pregunta universal – o debería decir global, porque nada sabemos acerca de los patrones de pensamiento de otras especies pretendidamente inteligentes fuera del planeta Tierra. Es una pregunta que ha trascendido absolutamente todas las posibles diferencias culturales humanas y que nos ha acompañado a traves de toda nuestra historia como especie – me atrevo casi a suponer que pudo haber sido incluso una de las primeras preguntas que los seres humanos fuimos capaces de pensar y vocalizar, lo cual me lleva a concluir que expresa una inquietud tan propia de la naturaleza y psicología humanas como el rechazo a la muerte o la tendencia a inventar dioses.

Por qué a mi ?.

Se trata además de una pregunta claramente retórica, pues suele llevar implícita la respuesta. La causa de esa cosa terrible que nos sucede – sea lo que sea – suele ser atribuída a una entidad o circunstancia distinta a nosotros mismos e interpretada a menudo como una suerte de castigo procedente ya sea de la voluntad o capricho de algún dios, el destino, el karma, e incluso la vida – ésta podría ser considerada de hecho la respuesta más próxima a la verdad si no fuera porque en este caso el término “vida” pretende usualmente referir a algo dotado de conciencia y voluntad propias en grado suficiente como para aplicarnos intencionalmente un castigo. Y ésto lo sé porque he adquirido la mala costumbre de prestar atención y analizar el comportamiento humano, empezando por mi propio comportamiento, y también porque escucho esta pregunta todo el tiempo de boca de mi madre, que lamentablemente se ha visto afectada en su vejez por una enfermedad degenerativa tan dolorosa como limitante, y a la que en vano intento cada tanto explicar que en realidad no hay nada en el universo que tenga voluntad alguna de hacerla pasar por eso. Es la vida, le digo, pero no en el sentido al que me he referido anteriormente, sino con el propósito de hacerle entender que a los seres humanos nos pasan toda suerte de cosas, buenas y malas, por el simple hecho de estar vivos.

Por qué a mi?.

Vamos a ver, les propongo el siguiente ejercicio. Imaginemos que en lugar de humanos fuésemos sardinas – podríamos tomar como ejemplo cualquier otra forma de vida con hábitos gregarios, pero las sardinas resultan especialmente ilustrativas para lo que nos interesa porque son unos bichitos relativamente insignificantes que sólo llaman la atención porque forman gigantescos cardúmenes, de manera muy similar a los seres humanos. Una sardina nace y se integra a uno de esos enormes cardúmenes o bancos de peces formados por millares de individuos. Su destino natural, si se me permite la expresión, es crecer, reproducirse y morir, o sea, básicamente el mismo que el nuestro, pero desgraciadamente son también una rica fuente de alimento para otras especies vivas (tiburones, delfines, ballenas, aves marinas, y desde luego también para nosotros, que las capturamos por toneladas con nuestras redes de pesca). Ésto es así debido precisamente al hecho de que, a pesar de ser individualmente insignificantes, al reunirse en cardúmenes se transforman en una enorme bola de comida con un alto valor alimenticio y fácilmente detectable por parte de sus predadores naturales. Irónicamente, el cardúmen constituye una forma de asociación gregaria cuyo propósito es justamente asegurar la supervivencia de la especie, porque, sin importar cuántos individuos sean devorados, su cantidad asegura que no todos correrán esa suerte y por tanto que sobrevivirán los suficientes como para dar origen a nuevas generaciones de sardinas. Es decir que, a los efectos de la continuidad de la especie, la suerte individual de las sardinas es completamente irrelevante – y en este punto cabe señalar una vez más que la similitud de la suerte de las sardinas con la nuestra resulta sumamente oportuna como ejemplo, porque está claro que a la naturaleza no le interesa en absoluto la suerte individual de uno o más seres humanos en particular, sino que lleguemos a sobrevivir en número y tiempo suficiente como para reproducirnos y preservar así la continuidad de nuestra especie (por qué algunos individuos de la especie humana y de otras especies animales manifiestan conductas sexuales que no conducen a la reproducción es una cuestión que requiere otro análisis, aunque podría explicarse como un mecanismo más de la evolución y/o selección natural). Pero qué hay de la pobre sardina que tuvo la desgracia de acabar de pronto, junto a otros miles de sardinas, en las fauces de una ballena ?. Es que esa sardina estaba predestinada a morir de esa manera o hizo algo malo en su breve existencia como para merecer semejante final a modo de castigo ?. De ninguna manera. Simplemente estaba en el lugar y momento incorrectos, o correctos desde el punto de vista de la ballena. Y lo mismo sucede con nosotros. Cuando un terremoto u otro cataclismo natural se traduce en la muerte de miles de personas, es claro que esas muertes no responden a ningún patrón selectivo. Importan relativamente poco la edad, el sexo o cualquier otra característica individual de las víctimas, al igual que cuáles hayan sido en vida sus acciones o convicciones. Otro tanto sucede cuando nos toca padecer una enfermedad, un accidente o cualquier otra desgracia personal. Simplemente nos toca afrontar unas u otras a partir de circunstancias que son inherentes a la naturaleza misma de nuestro organismo, a nuestra forma de vida o como resultado de la relación causa-efecto generada por algo que hicimos o dejamos de hacer. Y de ello se desprende que ante cualquier posible insuceso lo que deberíamos preguntarnos en realidad no es POR QUÉ A MI, sino POR QUÉ NO A MI ?. Es decir, por qué no habría de pasarme a mí cualquier cosa que pueda pasarle en cualquier momento a otra persona.

Entonces, por qué a mi ?.

La respuesta es bien simple : porque estoy vivo, porque estoy en el mundo, porque existo, y existir implica la posibilidad cierta de dejar de existir de una forma u otra en cualquier momento y todo cuanto eventualmente pueda sucedernos en el medio.

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