NO SOMOS NADA

Los seres humanos tendemos a creer, por lo general, que somos unas criaturas sumamente especiales. Tal es así que prácticamente no hay cultura que no haya atribuído el origen de nuestra especie a la acción de una o más entidades superiores de naturaleza supranatural o divina. La tradición judeo-cristiana, como bien sabemos, pretende que los seres humanos fuimos creados por esa entidad que llamamos Dios. Más aún, supone de hecho que fuimos su máxima creación, la frutilla que adorna esa gran torta que es el universo, o cuando menos el planeta que el mismo Dios nos habría asignado a modo de dominio : creced y multiplicaos, habría sido su encomienda, aunque luego nuestros padres ancestrales cometieron la tontería de incurrir en la ira divina por una insignificante manzana que nos costó ser desterrados del Edén, condenados a ganarnos el sustento con el sudor de nuestras frentes y a parir nuestros hijos con dolor – castigos impuestos a Adán y Eva respecivamente –, y lo que resulta aún más terrible, por si lo anterior fuera poco, a morirnos en algún momento, de una forma u otra, como triste corolario de nuestras desastrado pasaje por este valle de lágrimas que llamamos Tierra.

No obstante, como no parecía justo que nos viéramos constreñidos a pagar por siempre la torpeza en la que habían incurrido los supuestos progenitores de nuestra especie, un grupejo de pastores seminómadas pertenecientes a la etnia semita que deambulaban por Oriente Medio, gente bastante simple y escasamente instruida, imaginó que ese Dios, deponiendo al fin su rencor al cabo de unos cuantos miles de años, decidió ofrecerles una segunda oportunidad e invitarlos a celebrar un pacto en virtud del cual se comprometieron a honrarlo y obedecerlo ciegamente, obteniendo a cambio el dudoso favor de erigirse en sus elegidos, lo que significaba básicamente vivir expuestos a los continuos reveses y sufrimientos que su deidad les imponía a fin de constatar la consistencia del fervor que le habían prometido – está claro que una entidad divina que presumía de omnisciente no se iba a dejar engañar dos veces, aunque el cuento supone que el pacto tuvo que ser reformulado en más de una oportunidad porque los seres humanos somos débiles y olvidamos con empecinada ligereza las bondades de una divinidad que al parecer existe con el único propósito o principal divertimento de meter la cuchara en cada pequeña cosa que hacemos o dejamos de hacer (más que rezarle deberíamos aconsejarle que intente conseguirse una vida).

Por fin, tras muchas idas y venidas entre las que abundaron toda suerte de calamidades, una ínfima fracción de aquel pueblo de elegidos que dio origen a la nación hebrea o judía imaginó también que su dios había decidido escogerlos para que recibieran en su seno nada más y nada menos que a su propio hijo, al que lamentablemente la inmensa mayoría se negó a reconocer como tal, cuestión que hasta el día de hoy es motivo de discordia y resentimiento entre los fieles de lo que suponemos es una misma deidad. Los judíos se rehusan a admitir que el personaje denominado Jesús haya sido realmente el Mesías o Salvador que su dios había prometido enviarles, en tanto los cristianos suponen que fue inseminado en el vientre de una virgen y destinado a dar testimonio de la bondad divina, predicando el amor, el perdón y la paz – un cambio de discurso bastante radical para el gusto de la época –, y a padecer finalmente una muerte verdaderamente espantosa con el único fin de librarnos definitivamente del pecado original – aunque se supone que luego resucitó y ascendió a los cielos, en donde mora a la vera de su padre y todo lo demás. En este punto el mito cristiano se vuelve un tanto confuso porque no queda muy claro de qué modo el padre y el hijo pasaron a constituir una misma entidad sin dejar de ser a la vez dos entidades distintas, y para colmo entra a tallar una tercera entidad a la que se identifica como Espíritu Santo. Desde luego que en el terreno de los mitos todo es posible, en tanto hemos de notar que la historieta del dios pre-cristiano ya resulta suficientemente tan fabulosa como inverosímil.

Todo indica que el mito cristiano, como ha sucedido con muchos otros mitos de diversas culturas, evolucionó desde una narrativa más o menos simple y lineal hasta adquirir una dimensión más mística o esotérica, al modo de los misterios que se celebraban en relación con los dioses egipcios Osiris e Isis, el culto al dios persa Mitra o los misterios órficos en la cultura greco-helénica, para mencionar sólo algunos posibles antecedentes o referentes del carácter místico-ritualista del dogma cristiano. En cualquier caso, resulta perfectamente claro que los mitos judeo-cristianos no son más ni menos verosímiles que los de otras culturas y tienen en común con éstos la intención de presentar a los seres humanos como criaturas de una voluntad divina, y suponer por tanto que estamos llamados a cumplir un destino singular y superior al de todas las demás especies que habitan este planeta, como vendría a ser nuestra presunta capacidad de acceder a una existencia ulterior a la instancia de la muerte – una fantasía que, independientemente de cómo sea imaginada, nos conforta por el solo hecho de permitirnos sostener la creencia de que nuestra existencia individual, nuestra identidad como personas únicas e irrepetibles, no se perderá completamente luego de ese mal trago al que estamos todos irremisiblemente condenados por igual, sin importar cuáles hayan sido nuestros actos y posición en este mundo.

En ello se funda principalmente mi convicción de que el denominador común de ese fenómeno que llamamos “religión” no es otro que el espanto que nos provoca la sola idea de la muerte. Aún en aquellos casos en que se invocan principios o ideales religiosos para impulsarnos a emprender acciones que resultarán en la muerte de otros, y eventualmente incluso en la nuestra, la idea que compensa esta poco grata perspectiva señala que nuestro sacrificio será reconocido y recompensado con el acceso a alguna forma de existencia más dichosa o gloriosa que la que nos arriesgamos a perder – los Campos Elíseos para los antiguos griegos y romanos, el Valhalla para los nórdicos, el Paraíso para los cristianos y musulmanes. En todos los casos se asume siempre que el diunto conservará la identidad que ha ostentado en vida, lo suficiente al menos como para ser plenamente consciente de la dicha o éxtasis que le deparará su comunidad o proximidad con la deidad en cuestión. De este modo, el principal atractivo de todas las religiones es que prometen a sus fieles alguna forma de inmortalidad, de manera que las experiencias religiosas, en cualquiera de sus manifestaciones, constituyen siempre y antes que nada un ejercicio profundamente egótico. La idea de que nuestro yo desaparecerá indefectiblemente y para siempre algún día nos repugna, y nuestro cerebro tiende naturalmente a aceptar con relativa facilidad cualquier proposición que nos permita aferrarnos a la esperanza de que ésto no sucederá, sin importar cuán descabellada pueda resultar esa proposición al ser evaluada racionalmente,

Por fortuna nuestros avances en el conocimiento del mundo natural y el cosmos, así como también acerca del origen y evolución de la especie humana, sobre la constitución y funcionamiento de nuestro cuerpo y nuestra mente, nos han permitido ir descorriendo el velo hasta obtener aunque más no sea un atisbo de realidad frente a los disparates que emanan de la ignorancia y la superstición. Es muy cierto que en primera instancia la realidad dista mucho de ser tan reconfortante como las fantasías religiosas o espiritualistas, en particular porque la realidad indica que nuestra existencia, tanto a nivel colectivo como individual, es un mero accidente, una anécdota completamente irrelevante en el gran contexto de la vida y el universo, pero a medida que nuestro intelecto se abre a esta idea descubrimos un muy grato sosiego al percatarnos de que somos en verdad parte integral de algo inconmensurablemente más grande, y que aún cuando estamos destinados a desaparecer, y que todo cuanto nos identifica se desvanecerá tan pronto como el preciado oxígeno que nos sustenta deje de fluir hacia nuestro cerebro, habremos tenido el inmenso privilegio de haber sido protagonistas de esta maravilla que es la existencia misma. 

Admito que esta nueva concepción del ser humano y su relación con el cosmos bien puede no ser más que otro truco de nuestro cerebro para conjurar la angustia y rechazo que nos inspira la perspectiva de la muerte. Por eso me ha parecido sumamente oportuna la frase que encabeza esta entrada, que como sin duda tendrán presente solía ser una expresión común y casi de rigor cuando tocaba presentar respetos a los deudos de algún difunto, pero que no por ser expresada generalmente como una mera fórmula de circunstancia resulta menos acertada, porque realmente NO SOMOS NADA de lo que generalmente creemos o pretendemos ser. En lo personal encuentro en la aceptación de esta realidad un sentimiento extremadamente liberador. En efecto, el acto de reconocer que NO SOMOS NADA tiene la virtud de descargarnos automáticamente del enorme peso psico-emocional que implica esa absurda manía de aspirar a ser algo especial o distinto a los demás, nos libera interiormente para encontrarnos a nosotros mismos, para ser y disfrutarnos tal como somos, para aceptar con sensata y mesurada naturalidad todo cuanto viene de la mano con la fascinante experiencia de vivir. 

En las inteligentes palabras del profesor Lawrence Krauss :

Si el universo no se ocupa de nostros, y si somos un accidente en un remoto rincón del universo, en algún sentido ésto nos hace más preciosos. El sentido de nuestras vidas procede de nosotros, somos nosotros quienes creamos nuestro propio sentido.

Intenten pensarlo así. Les garantizo que vale la pena.

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